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La nueva ola inflacionaria por venir

En este deep dive, vamos a analizar el comentario de Q225 de Goehring&Rozencwajg, una firma de inversión americana especializada en materias primas, y que siempre tiene una visión muy interesante y rompedora. En este caso, realiza un análisis…

Albert Millán Albert Millán Analisis de empresas y tesis de inversion

En este deep dive, vamos a analizar el comentario de Q225 de Goehring&Rozencwajg, una firma de inversión americana especializada en materias primas, y que siempre tiene una visión muy interesante y rompedora. En este caso, realiza un análisis del actual entorno macro y de cómo el petróleo es uno de los nichos de mercado más atractivos actualmente. Esta idea ata perfectamente con nuestra idea compartida sobre el inminente mercado alcista de materias primas, que combina un enfoque macro parecido al de G&R. Lo compartido en este artículo, aunque sea en primera persona, corresponde a la investigación y opinión de G&R, no de LWS Financial Research.

 

La nueva ola inflacionaria por venir

En los años 70, la Reserva Federal acabó cediendo a la presión política y social. Las concesiones fueron el combustible de una espiral inflacionaria que devoró casi todo… menos a las materias primas. Las acciones ligadas a recursos naturales fueron de los pocos refugios que sobrevivieron al incendio. Medio siglo después, el paralelismo es incómodo. Jerome Powell se encuentra en un cruce de caminos similar. Puede recortar tipos de forma directa o apartarse para dejar paso a alguien más dispuesto a hacerlo. El resultado práctico sería el mismo: volver a encender la mecha inflacionaria.

El relato de la “gran desinflación” iniciado con Volcker —ese arco de cuatro décadas de caídas de yields y de presiones de precios— está agotado. El ciclo ha cambiado. Lo que viene no es estabilidad, sino un régimen inflacionario de largo recorrido, con dinámicas mucho más persistentes de lo que la mayoría de analistas y gestores están dispuestos a asumir. La historia no se repite, pero suele rimar en lo esencial. Y si algo nos enseñaron los 70 es que, cuando la inflación vuelve para quedarse, los pocos activos que funcionan no son los de siempre.

Para muchos inversores, el episodio inflacionario de 2021 ya es historia cerrada. El relato dominante es el de la normalización, el regreso de la estabilidad de precios, como si fuera un viejo amigo que vuelve para quedarse. La euforia en los activos de larga duración —con las grandes tecnológicas a la cabeza— refleja esa complacencia en estado puro. Pero la historia suele ser menos amable que los relatos de mercado. El consenso académico es claro: la gran inflación de los 70 no nació en 1973 con el embargo petrolero, sino mucho antes. Fue en los 60 cuando se sembraron las semillas. Y el golpe definitivo llegó en 1972, cuando Arthur Burns cedió a la presión política, bajó tipos y abrió la espita monetaria justo antes de la ruptura de Bretton Woods. El resultado fue inmediato, con una inflación al 7% en un año, y al 12% tras el shock energético.

Lo inquietante es lo familiar que suena todo esto. La presión que hoy recibe Powell no es distinta en esencia, aunque cambien los canales. Antes eran reuniones privadas, filtraciones interesadas en prensa y llamadas desde la Casa Blanca. Hoy son ruedas de prensa, redes sociales y mensajes directos al votante. Pero el objetivo es el mismo, forzar la mano de la Fed, aunque se comprometa la estabilidad de largo plazo. La complacencia actual pasa por alto esa lección histórica. La inflación no es un susto pasajero, sino un ciclo largo. Y cuando la política monetaria se convierte en rehén de la presión política, la historia no acaba con “soft landing”. Suele acabar con fuego.

Los mercados, como la vida social, también tienen modas. Hay épocas de martinis y épocas de manhattans; de growth stocks y de materias primas. En los últimos años hemos vivido de lleno en la temporada del carry trade. El término suena técnico, pero su lógica es simple: pedir prestado barato, apostar a que nada se rompe y prestarlo largo. Una posición masiva, apalancada, contra la volatilidad. Mientras el mercado se mantenga dócil, los flujos se retroalimentan, y más calma genera más carry, más carry atrae más dinero, y así hasta que alguien enciende las luces y se descubre que la fiesta no era gratis.

Este régimen ha favorecido siempre lo mismo: tecnología, growth, crédito. Todo lo que florece con estabilidad aparente. Y ha castigado todo lo demás: recursos naturales, energía, metales. La pregunta es qué ocurre cuando cambia el paradigma. ¿Qué pasa si la narrativa de calma perpetua se rompe, si los precios de la energía y las materias primas vuelven a ocupar el centro de la escena? No sería la primera vez que el mercado descubre, con cierto asombro, que el glamour no está en Silicon Valley, sino en un barril de petróleo o en una tonelada de cobre.

 

El resurgir del petróleo

Pocas materias primas generan tanto rechazo hoy como el petróleo. Para muchos inversores es un vestigio de otra era, un “activo tóxico” en un mundo obsesionado con la transición energética. Pero precisamente por eso creemos que puede convertirse en el mejor performer de los próximos cinco años, quizá de la década. La dinámica es conocida. En cada gran mercado bajista, el relato se convierte en dogma. El precio cae, aparece una explicación “definitiva”, y poco a poco se instala la convicción de que ese activo ya no tiene cabida en el futuro. Hasta que los fundamentos desmienten el consenso.

No es la primera vez que ocurre. En los 90, el paria no era el petróleo, sino el oro. Tras el cierre de la ventana del Tesoro en 1971 y con un mundo ya plenamente monetizado en papel, los bancos centrales se apresuraron a vender reservas. El metal amarillo era considerado un lastre improductivo frente a los bonos. Hubo pánico vendedor, liquidaciones masivas y hasta un pacto informal en Washington para que las ventas no resultaran demasiado vergonzosas. El precio cayó un 70% en dos décadas, hasta los 252 dólares en 1999. El mercado, sin darse cuenta, estaba regalando oro. En varios momentos entre 2000 y 2003, una onza se cambiaba por apenas siete barriles de crudo, el ratio más bajo de la historia. Era, visto con perspectiva, un sinsentido. Hoy, el petróleo ocupa ese lugar en el imaginario financiero. Y la historia sugiere que cuando un activo llega a ese nivel de desprecio, es porque está a punto de dar la vuelta a la narrativa. Hoy, el petróleo es el patito feo.

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Albert Millán

Escrito por

Albert Millán

Analisis de empresas y tesis de inversion

Seguimiento de companias, tesis accionables y actualizaciones de cartera modelo.